jueves, 19 de noviembre de 2009

"Cuento sobre los derechos del niño"

AMOR Y COMPRENSION

Con motivo del Día Internacional de la Infancia, que se celebra el próximo día 20 de noviembre, publicamos este cuento que refleja el derecho de todos los niños a vivir en un ambiente lleno de amor y comprensión.
Pero además, queremos rendir un pequeño homenaje a todas esas abuelas, y por supuesto abuelos, que tan maravillosa labor hacen con los más pequeños de la familia.












Es también un modo de invitar a todas las familias a reflexionar sobre el tiempo que dedicamos a nuestros hijos y las responsabilidades que descargamos sobre los abuelos cuando, muchas veces, esas responsabilidades son nuestras como padres.

Para que el niño crezca sano y contento necesita vivir rodeado de amor y comprensión. Este derecho se reconoce en el preámbulo de la Convención Internacional sobre los Derechos de la Infancia.


LA ABUELA ELECTRÓNICA
de Silvia Schujer

Mi abuela funciona a pilas. O con electricidad, depende. Depende de la energía que necesite para lo que haya que hacer.

Si la tarea es cuidarme cuando mis padres salen de noche, la dejan enchufada. La sientan sobre la mecedora que está al lado de mi cama y le empalman un cable que llega hasta el teléfono para cualquier emergencia.
Si en cambio va a prepararme un bocadillo o hacerme la leche cuando vuelvo del colegio, le colocamos las pilas para que se mueva con toda libertad.
Mi abuela es igual a las otras. En serio. Sólo que está hecha con alta tecnología.
Sin ir más lejos, tiene doble pletina y eso es bárbaro porque se le pueden pedir dos cosas al mismo tiempo. Y ella responde.
Mi abuela es mía.
Me la trajeron a casa apenas salió a la venta. Mis padres la pagaron con tarjeta de crédito por la mañana, y por la tarde ya estaba con nosotros.
Es que mi familia es muy moderna. Modernísima. Hasta tal punto mi mamá y mi papá están preocupados por andar a la moda que no guardan ni el más mínimo recuerdo. De un día para otro tiran lo que pasó a la basura.
A lo mejor es por eso, ahora que lo pienso, que tengo tan mala memoria y no puedo acordarme ni siquiera de la tabla del dos entera.
Desde que la abuela está en casa, sin embargo, las cosas en la escuela no me van tan mal.
Para empezar, ella tiene un dispositivo automático que todas las tardes se pone en marcha a la hora de hacer los deberes. Es así: se le prende una luz y se acciona una palanca. Abandona automáticamente lo que está haciendo y sus radares apuntan hacia donde estoy. Entonces me levanta por la cintura y me sienta junto a ella frente al escritorio. Ahí empezamos a resolver las cuentas y los problemas de regla de tres. O a calcar un mapa con tinta china negra.
Aunque nadie se lo pida, mi abuela lleva un registro exacto de mis útiles escolares. Por otro lado, le aprieto un botón de la espalda y el agujero de su nariz se convierte en sacapuntas. Le muevo un poco la oreja y las yemas de los dedos se vuelven gomas de tinta y lápiz.
Tener una abuela como la mía me encanta. Sobre todo cuando está enchufada, porque así puede gastar toda la energía que le dé la gana y no cuesta demasiado mantenerla, como dice mi papá, que además de moderno es un tacaño y sufre como un perro cada vez que a mi abuela hay que cambiarle las pilas.
Casi todas las noches yo la enchufo un rato antes de irme a dormir. Así me cuenta un cuento. O lo hace aparecer en su pantalla para que yo lea mientras ella me acaricia la cabeza.
Sabe millones. Basta colocarle el disquete correspondiente (porque también viene con disquetera) y en cuestión de segundos empieza con alguna historia. Como completamente automática, se apaga sola cuando me duermo.
Cuando mi abuela me cuenta un cuento o me canta algunas canciones, yo me olvido de que es electrónica.
Más que nunca parece una persona común y comprensiva. Y es que además tiene una tecla de memoria que le permite escucharme. Yo puedo contarle cosas y, oprimiendo esa tecla, ella archiva toda la información: al final sabe de mí más que ninguno.
Me gusta tener a mi abuela. Aunque salir a pasear con ella me traiga algunos inconvenientes: los que no son tan modernos como mi familia nos miran mucho en la calle. Y se ríen.
O quieren tocarla para ver de qué material es. Ven algo raro en sus movimientos... o en su cara, no sé. Creo que las luces que tiene en los ojos no son cosa fácil de disimular.
A mí me encanta tener esta abuela.
Hace unos días, sin embargo, mi mamá dijo que quería cambiarla por un modelo más nuevo. Dice que salieron unas más pequeñas, menos aparatosas, con más funciones y a control remoto.
La idea no me gusta para nada. Porque, aunque es cierto que estoy bastante acostumbrado a los cambios, con esta abuela me siento muy bien.
Las habrá mejor equipadas, ya lo sé. Pero yo quiero a la abuela que tengo. Y es que, aparte, cada vez me convenzo más de que ella también está acostumbrada a mí.
A decir verdad, desde que en casa están pensando en cambiar a la abuela, yo estoy tramando un plan para retenerla.
Sí. Poquito a poco, la estoy entrenando para que pueda vivir por sus propios medios. Para que no deje que la compren y la vendan como si fuera una cosa, un mueble usado.
El otro día, le desconecté la luz de los ojos y ahora le estoy enseñando a ver. Vamos bien.
También le estoy enseñando a ser cariñosa sin el disquete. Esa es la parte que me resulta más fácil; a lo mejor porque me quiere, aunque ella todavía no lo sepa. Pienso seguir trabajando.
Mi objetivo es que aprenda a llorar. A llorar como loca. Y lo más pronto posible, así el día que se la quieran llevar como parte de pago para traer una nueva, el escándalo lo armamos juntos.
Fuente: Cuento con vos

Belén Figueroa

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